El pianista
Era un pequeño piano, frágil y con bastantes años tras de sí, pero no por ello desechable, sino todo lo contrario. De él salía una melodía infame, que atravesaba la piel y calaba en el corazón, como el veneno del amor, hacía hervir y a la vez congelaba la sangre, y el tiempo dejaba de existir, el espacio se difuminaba como la niebla en un día lluvioso, y las notas eran esas gotas sutiles, pequeñas, transparentes, que caen con toda la fuerza posible, una fuerza inimaginable, que te sumerge y te eleva en un inmenso océano de sensaciones desconocidas. Todo eran colores, y el cuerpo vagaba entre ellos como un alma errante que no sabe a dónde va, y se unía, se convertía en esos colores, los modificaba como una partitura a medio hacer. Los silencios hacían de la canción algo más extraordinario todavía, descendían del cielo haciendo parecer que culminarían en la tierra, pero te llevaban hasta el centro de las manos que tocaban el piano. Unas manos blancas como la nieve y puras como un niño recién nacido que llora hasta poder mamar del pecho de su madre y convertirse en impuro. Unas manos que te muestran sin pudor las venas por donde viaja la sangre después de un largo camino por todo el cuerpo, y que intenta escapar entre las yemas de los dedos para fluir por el marfil de las teclas del extraño piano. La melodía seguía sonando y sus brazos se agitaban cada vez más, intentando ser más rápidos. Las manos iban de un lado a otro para crear cierta inestabilidad de graves y agudos y sentirse como en una montaña rusa, y los dedos galopaban y se deslizaban al mismo tiempo entre el viento y las blancas y negras teclas. Entonces todo cesaba, y quedaba un conjunto de notas que tranquilizaban, que dejaban oír la respiración del pianista y cómo disminuían los latidos de su corazón: tic…tac…tic…Se unían con los golpes del metrónomo, la razón intentaba abordar la situación controlando a ese corazón ahora domesticado, marcaba cada compás de lágrimas cuyo sonido al golpear contra el suelo se unía también a ese latir uniforme y estable. Pero de nuevo comenzaba esa variedad de agudos y graves, y de nuevo se desbocaba el corazón y se escondía la razón en un agujero negro para no volver más, de nuevo las manos imitaban el movimiento de unas brujas que vuelan con sus escobas hasta una cueva escondida, que nadie sabe dónde se encuentra, con un vuelo agitado, intentando esquivar la ciudad absurda, ahora repleta de oscuridad y silencio estruendoso, chirriante, que se convertiría en una voz al unísono gritando: “¡A la hoguera!” si las descubriera sobrevolando los edificios donde duermen sus inocentes niños. Armonía y desequilibrio se unían de una forma extraordinaria para hacerte viajar a otra época mucho más emocionante. Ya no sólo sus dedos, sus manos y sus brazos, sino también su cuerpo y su cabeza se movían a contratiempo. Se veía su silueta dibujada un millón de veces en el aire, cada vez más movimiento, cada vez más sentimiento, y su pelo rizado se perdía entre un lado y el otro intentando buscar el centro. En el interior del piano semejaba haber un conjunto de personas bailando alrededor de una hoguera y emitiendo fuertes gritos y sonidos de tambores. Las ventanas se abrían y cerraban, y el árbol que había en el exterior agitaba sus ramas como si él también pudiera sentir esa magnífica melodía. En el interior de la habitación los muebles se alteraban y explotaban, como si fueran bombas que caen entre dos montañas, emitiendo un eco que no cesaba nunca, que se interiorizaba hasta el infinito. Las flores despertaban y se dispersaban por toda la habitación creando un camino que llevaba de la puerta al pianista, quien estaba de espaldas a ésta, intentando decirme: “acércate a él”. Y cambió de nuevo la melodía, ahora era siniestra, avisaba de un peligro inminente, aceleraba el corazón silenciosamente para que nadie pudiera oírlo y de nuevo otro silencio, y de nuevo el latir de su corazón, ahora cada vez más deprisa, y el mío cada vez más fuerte cavaba un hoyo en las paredes del pecho y salía disparado hacia el suyo, que le esperaba con la puerta abierta.

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