Reflexión matutina

Son las siete y veinte de la mañana, y no, no soy una madrugadora, parece ser que ayer adopté el horario anglosajón y me tumbé en la cama a las siete de la tarde. Sin apenas haber comido nada, sin apenas haber dormido nada, el estómago pasaba a dar pinchazos después de llevar todo un día haciendo cosquillas y temblando como un niño miedoso tras una pesadilla nocturna; la cabeza, entonces, llena de pensamientos hacia emergir un dolor que casi mataba cuanto había a mi alrededor. No, no estoy enferma, la causa no es el no comer o el no dormir, la causa es estar enamorada. ¿Podrá el doctor curarme de este mal? No. El se dedicaría a hacer desaparecer el dolor, pero la causa seguiría viva, y ¿de qué sirve atacar el efecto cuando la causa sigue ahí? Volvería a aparecer una y otra vez este efecto, y volvería una y otra vez a ir al médico. Así es como acabamos todos siendo adictos a nuestra pastillita para la circulación, o a nuestro ibuprofeno diario. El médico, absurdo invento.

Y ahora, la verdad, es que tengo sueño, doce horas tumbada en la cama mirando al techo no sirven de nada si no cierras los ojos ni un segundo, y aunque ahora quisiera dormir, volvería otra vez a estar doce horas mirando al techo. El amor es hermoso, nos hace más libres. Pero todo tiene su lado malo, aún así me gusta sentir, y el dolor nos hace fuertes. No iré a dormir, aún queda mucho día por delante.

Vosotros seguid santigüándoos con el ibuprofeno matutino, yo seguiré sintiendo todo cuanto me de vida y todo cuanto me de muerte. Es igual de necesario saber vivir que saber morir.

~ por blowinthewind en 07/06/2008.

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