Adiós, Amor.

Una armoniosa voz se oía mientras me acercaba, por el estrecho pasillo, al escenario. Me miraba, sonreía y palmadita en la espalda. Se enorgullecía, le brillaban los ojos y su sonrisa era más lúcida que nunca. “No deja de sorprenderme”, decía a un par de personas situadas a su lado. Y, a pesar de no encontrarme demasiado bien, consiguió arrancarme unas lágrimas en honor a su perdurable recuerdo. Unas lágrimas frías que aliviaban el calor de mi febril cara. “Estamos para ayudarte, para salvarte, para ahogarte en este desierto que se encuentra entre siete soles infernales que cavan tu sepulcro”. Gracias. Las luces me iban cegando, como si me encontrara al borde de la muerte, a la entrada de un mundo infinito de energía que se funde entre dos dimensiones totalmente paralelas, y sentía, sentía, sentía mucho, sentía cosas indescriptibles: las lágrimas frescas, el corazón latiendo, despacito pero firme, las piernas se tambaleaban haciendo ademán de tirarme al suelo en un momento u otro, las manos temblorosas, los labios húmedos. Deshice el camino, y ahí estaba, donde le dejé, en el mismo lugar, con la misma sonrisa, con la misma mirada, el mismo rostro, y sus labios dibujaban un te amo en el aire que nos separaba. Adiós. Nadie oyó nada, nadie vio nada, ¿para qué? No es un juicio en el que se necesiten testigos, ni abogados, ni pruebas, ni condiciones, ni un convenio. Solo una bandera: su voz. Ahora…ahora solo queda ceniza, que me golpea, me recuerda que sigues con vida y que, por tanto, yo sigo viva, y el tiempo es infinito de nuevo, y no hay días que contar, pero si estrellas, que me indican las noches que te amé y las que quedan por amarte. Sufrir, llorar, sonreir, cantar una vez más, ser consciente de que todo forma parte de la vida, aceptarlo, saber convivir con ello y esperar que pase el tiempo: como siempre. Me rondan las ideas como si fueran moscas tras la dulce miel, e ideo planes para verte en sueños. Conseguiremos la inmortalidad a través del arte: tú ya eres inmortal, si algún día se borra tu recuerdo, empapelaré la habitación con aquello que escribí pensando en ti, y dentro de quinientos años tendrás tu altar, en plena naturaleza, para que los animales se mueran de envidia por tu belleza y yo, enterrada a tus pies, te observaré al anochecer.

Aquí me quedo, ya he amarrado el barco. Ahora…las cenizas al mar: la libertad. Amor.

~ por aetivxterry en 20/06/2008.

Escribe un comentario