¿Qué echan hoy?
Era tan grande su pena que ni el tiempo conseguía ahogarla. Setenta, quizás ochenta, años la hundían en su sillón. Profunda mirada, rizados y oscuros cabellos, hermosa y curva figura y grandes pensamientos poseía hace medio siglo. Pero pasó y como una amapola en un frío y seco invierno fue marchitándose con el paso del viento. Ahora, su única luz es la del televisor, único acompañante de sus tardes, que se prolongan hasta la madrugada. Ahí yace, completamente inmóvil, con un parpadeo uniforme respecto a los cambios de escena en la publicidad. Sostiene, en su mano derecha, el mando a distancia, con su pulgar sobre un botón, preparado para presionarlo cuando su cerebro reciba la seña de insatisfacción. Su vida se ha convertido en una película de media tarde, sus sueños son programas de madrugada con pitonisas y grandes consejeros, sus secretos los guarda una telenovela y sus ansias se muestran cada treinta minutos, en cada anuncio. No existe hogar más allá de esa habitación que contiene el televisor y su sillón. La cocina quedó olvidada, también su dormitorio, el baño cubierto de mojo y la entrada no volverá a ser una salida. Sus rizos se debilitan y cae su pelo; sus manos se arrugan, disminuye su cuerpo u se encorva su cuello; se hunde, se angustia, se muere su mirada. ¡Un momento! Está mirando hacia la ventana. Se levanta suavemente, anda, se detiene, sus manos agarran impotentes las rejas de la ventana, asoma su cabeza y descubre el mundo fuera. Ahora empieza a recordar, se dibuja en su rostro una sonrisa, sus ojos recuperan profundidad e invisibles lágrimas recorren sus mejillas. Desgraciadamente le visita un recuerdo doloroso, se encuentra abrumada, su rostro queda pálido, se desvanece su sonrisa y las lágrimas se hacen visibles. Echa las cortinas para no dejar que le visite la luz, vuelve bruscamente al sillón y se sienta; busca el mando a distancia con la mirada: sigue en el reposa brazos, coloca su mano derecha sobre él y su mirada se desvanece en el espacio entre las imágenes y el sillón. Aunque no lo sabe, empieza a anochecer y siguen pasando horas. Un programa tras otro la va absorbiendo hasta que, después de un largo e infinito tiempo, acaba la programación y con ello acaba también su vida.

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