El poeta muerto
Sigue el poeta tumbado en el diván, no hay un psicoanalista esta vez, está solo, pensando en voz alta con un bloc de notas en la mano.
-Me muero. Estoy muriendo. La vida se convierte en un suspiro y no queda aliento sino en la escritura. El placer pasa a un segundo plano, y no encuentro qué hacer en un lugar tan material. Y ahora mi cabeza da vueltas entre suposiciones que no sé si sirven para algo ni si tienen fundamento. Decía Virginia Woolf: Nuestra vida es una incertidumbre. Un ciego que revolotea en el vacío en busca de un mundo mejor cuya existencia sólo suponemos. Y quizás haya que vivir al estilo Unamuno, creando un dios para creer en algo y hacer de la vida algo más llevadero. Soy un sinsentido, o no. Invento en la intimidad castillos de cartón y princesas de humo, príncipes sin espadas y ríos de celofán. Amar… ¿qué es exactamente? ¿Te amo? ¿Me amas? ¿Y si sólo eres otro de esos fantasmas creados en mi intimidad? Una persona sin sexo, adrógina. ¿Qué más da?
Marcan las tres en el reloj -¡maldito instrumento!- grita el poeta. Está nevando, copos de nieve se posan sobre la cornisa, y otros se amontonan en un pequeño círculo creado en el suelo del parque. Todos juegan con la nieve, sin preocuparse por qué siente, por qué cae, por qué muere. Se rien de los viejos, de los que han vivido, ridiculizan a los sabios.
-La idea del suicidio es la única que me mantiene vivo por las noches. Muerte…fóllame, o bien, hazme el amor. Muerte, llévame de aquí, ¿por qué me engañas? ¿por qué me haces esclavo de tu pequeña hermana la vida? No me hagas responsable de estos pensamientos, los años los colocaron en mi cabeza. Soy sólo un poeta muerto, soy un engranaje entre la tierra y el cielo, me quedo a medias y empiezo a no existir. El aislamiento no resultó efectivo, te empecé a echar de menos. Y ahora ni si quiera puedo nombrar tu nombre. No sé si fuiste mujer u hombre, si me miraste o evadiste mi mirada, si me amaste o sólo me robaste.
Las paredes de la habitación están pintadas como lo habría hecho un niño triste, pintura roja por aquí, negra más arriba, trozos en blanco, gris por allá, marrón en un rincón. Entra una mujer, o un hombre. Largo cabello rizado y castaño, un cuerpo hermoso y manos blancas. Se abruma al ver la habitación, se deslizan suaves lágrimas por su rostro y se sienta en el diván, allá donde apoya la cabeza el poeta.
-¿Qué fuiste? ¿qué eres? -dice el poeta.
-Tu fantasma, tu realidad ahora, o quizás siga siendo tu fantasma.
-Te amo.
-Te mueres.
-Víveme.
-Ahora, sorpréndeme
-Amor…

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