Recordándote un instante
Ojos negros, que llaman a la noche en un suspiro eterno. Encierran un misterioso halo, impenetrable, como una barrera de llantos, incomprensibles. El peso del mundo recae sobre su espalda, y aún así mira de frente a la vida, casi siempre indecisa, jamás asustada. Esconde en su rostro un montón de lamentos, todos suyos, todos muertos; y en un instante dibuja una sonrisa, justo cuando la das por perdida. Mágico momento, éxtasis y viento llaman a la puerta de una casa abandonada, y abre un fantasma que huye del entendimiento. Le amé, le sigo amando, como un recuerdo de la infancia que se ha convertido en mi manto, que me arropa en la cama cuando el viento golpea en la ventana, que llena mis sueños si siento nostalgia. Ojos negros, y un misterioso brillo que confunde a las paredes de mi pecho, que hace que el corazón lata más deprisa y me despiste un momento, te imagine en algún sueño volando sobre un campo de amapolas, sin ropa, bajo el sol de invierno, buscando un rincón de amoríos efímeros y eternos.
Ojos negros,
una oscura luz
que brilla por sí sola.
Rápidos movimientos,
inquietud, siempre abriendo cercos.
Palabras,
que ni el viento es capaz de arrastrar,
sólo por escucharte se para el tiempo,
y en un segundo recorro
cada curva de tu cuerpo,
como si de una carrera se tratase,
como si de mi vida escapara
para juntar en un instante
tu mirada y tus palabras
con cien mil lágrimas
de amor, de recuerdos,
de olores expectaculares,
de navíos que encallaron
en cualquiera de tus mares.
Se marchó el amor en el tren de la madrugada, y justo yo estaba de resaca, por dormirme en el camino ahora me lamento y grito, que no hay amor perdido que duela tanto como este, y no hay un corazón herido que te llame con tanta fuerza, pero ahora…ahora ya es ayer, y junto con el resto de ayeres quedarán estas palabras, buscando en su rincón un trocito de compasión que les recuerde como anécdota de una adolescencia desaprovechada. Te amé, y te sigo amando…

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